A modo de resumen
La honestidad debería regir la vida del ser humano. Ser respetuoso tanto con el ser más pequeño de la tierra, como con aquel que se dice tener el mayor poder y trascendencia. Es decir, valorar y entender al resto de los seres vivos (no solo a los humanos) como un miembro más del planeta que habitamos. Al reflexionar de tal manera podríamos, entonces, entender que debemos actuar de forma honesta, y no solo con el resto del mundo sino con uno mismo.
La honestidad debería regir la vida del ser humano. Ser respetuoso tanto con el ser más pequeño de la tierra, como con aquel que se dice tener el mayor poder y trascendencia. Es decir, valorar y entender al resto de los seres vivos (no solo a los humanos) como un miembro más del planeta que habitamos. Al reflexionar de tal manera podríamos, entonces, entender que debemos actuar de forma honesta, y no solo con el resto del mundo sino con uno mismo.
La idea que se desarrolla a continuación es que se puede ser llevar una atropoética como estilo de vida; y al regir de esta manera la conducta del individuo, se interacciona por obvias razones con la actividad del investigador y su ética como tal.
La enseñanza
El ser humano siempre es ejemplo de otro en esta masa amorfa que es la sociedad. El padre es ejemplo del hijo. En el caso del docente, es ejemplo, aunque no quiera hacerlo, de sus estudiantes. Es así que la conducta del profesor regirá, de alguna forma, la vida futura del educando.
El ser humano siempre es ejemplo de otro en esta masa amorfa que es la sociedad. El padre es ejemplo del hijo. En el caso del docente, es ejemplo, aunque no quiera hacerlo, de sus estudiantes. Es así que la conducta del profesor regirá, de alguna forma, la vida futura del educando.
Es por ello que las enseñanzas que da no solo se ofrecen en clase, sino a lo largo de su vida cotidiana (aunque se esté en casa). Es decir, los docentes son ejemplo a seguir al salir de clase, al dirigirse a su vehículo, al respetar las normas de tránsito, al comportarse como conductor o como peatón, en el caso de que suba al transporte público. Todas esas pequeñas acciones hacen que el ejemplo que se da, sea para bien o para mal.
Así es, hablo de las acciones, no de los conocimientos que se pretenden sean retroalimentados en clase. Para entender esto, es pertinente tener en cuenta lo dictado por Morín (1999) en el texto Los siete saberes necesarios para la educación del futuro, donde se dice que la comprensión es uno de estos saberes que debemos de enseñar (no solo los docentes, por supuesto).
“Hay siete saberes fundamentales que la educación del futuro debería tratar en cualquier sociedad y en cualquier cultura sin excepción alguna ni rechazo según los usos y las reglas propias de cada sociedad y de cada cultura” (Morín, 1999).
Estamos hablando de que no solo se debe de transmitir o comunicar o informar, sino que uno de los siete saberes citados por Morín es el de enseñar la comprensión, para la cual necesariamente se incluye un proceso de empatía, de identificación y de proyección, pero también se requiere de la apertura, simpatía y de la generosidad.
Sin embargo, Morín también apunta que existen varios obstáculos, los cuales el ser humano debe sortear para lograr la comprensión. Entre ellos sobresalen el egocentrismo (ver peyorativamente los actos de los demás); el etnocetrismo y sociocentrismo, entendidos estos como formas de nutrir a la xenofobia y racismo, porque le quitamos su calidad de humano a cualquiera que sea extranjero o diferente a nosotros.
El espíritu reductor es otro de los obstáculos de la comprensión citados por Morín (1999), en él, si reducimos a una sola acción el comportamiento de un ser humano, no aceptaríamos un modo de actuar, pensar y vivir distinto al que nosotros hemos adoptado como el ideal.
La ética de la comprensión, en contraparte, nos podría ayudar a comprender la incomprensión. “Si sabemos comprender antes de condenar estaremos en la vía de la humanización de las relaciones humanas” (Morín, 1999).
Dentro de la ética de la comprensión debemos de dejar de asumir una posición de juez respecto de lo que nos rodea, es decir, hacer una introspección y tratar de entender la conciencia de la complejidad humana y tener una apertura subjetiva hacia los demás, con éstas dos acciones podremos ponernos en los zapatos de otros y lograr la comprensión a través de lo que esas personas están pasando o sintiendo.
Todo lo anterior nos lleva a reflexionar que si tratamos de hacer las cosas de una manera más reflexiva teniendo en cuenta lo que sucede con la demás gente que nos rodea, la podremos entender y, por lo tanto, comprender.
Morín cierra este tema con el capítulo la Comprensión, Ética y Culturas Planetarias, es decir, comienza a hablar ya no solo del individuo y su conflicto interno por ser comprensivo con su similar, sino de un conjunto de personas que comparten una cultura y que se “enfrenta” a otro grupo, ante lo cual Morín hace un llamado a aprenden una cultura de la otra para lograr lo que él llama “sociedades democráticas abiertas”. Sin embargo, acepta que en estas también existe el problema de la compresión.
En este contexto, me pregunto: si se quiere llegar a tener algún resultado con este tipo de saberes, ¿no sería mejor iniciar de las pequeñas regiones a las grandes urbes? Es decir, de lo micro a lo macro. Pero volveré a este punto, posteriormente.
La ética del género humano es otra de las enseñanzas del nuevo siglo, por lo que Morín (1999) propone y habla de la atropoética o una ética propiamente humana y que tiene una directa relación entre individuo-sociedad-especie.
Expone que en la medida en que el individuo comience a realizar acciones en conjunto (en sociedad) podrá ejercer a la democracia, concepto y forma de vida inmersa en estos Siete saberes necesarios para la educación del futuro, ya que se requiere que la mayor parte de los individuos se encuentren relacionados e inmersos en ella.
“La democracia necesita del consenso de la mayoría de los ciudadanos y del respeto de las reglas democráticas. Necesita que un número de ciudadanos crea en la democracia. Pero al igual que consensos, la democracia necesita diversidades y antagonismos” (Morín, 1999).
Por la exposición de ideas diversas y los antagonismos, es que Morín expone que la democracia es un sistema político complejo, pero son justamente estas variables las que hacen que el individuo se enriquezca y con él (por inercia) se nutre la sociedad.
El análisis hecho por Morín nos lleva a reflexionar en lo que somos ahora y qué hacemos en nuestro entorno, con nuestros similares, cómo nos conducimos dentro de la sociedad y qué es lo que esperamos de ella. Si cambiamos nuestro actuar diario, podremos lograr cambios en nuestro entorno y posteriormente en la sociedad, la cual repercutirá nuevamente en nosotros y así sucesivamente. Estaremos en constante evolución.
Sin embargo, al hablar de evolución, debemos de tocar el tema del futuro. Y éste, según Morín (1999), dentro de la democracia podría crear grandes diferencias, una dualidad social, entre los ignorantes y los seres concientes. Esta diferenciación la provoca, en su inicio, los desarrollos disciplinarios en las ciencias que van creado grandes especialidades. Estas especialidades crean conocimientos que, en la mayoría de las veces, solo son entendidos por esta gente que conoce del tema y aquella que la domina, no la divulga.
Es decir, el ciudadano promedio no accede a este tipo de conocimiento por lo que se pueden clasificar en dos rubros: ignorantes y conscientes, éstos últimos tienen una idea de lo que sucede pero no dominan el tema. Es decir, no se logra lo que Morín (1999) llama “la democratización del conocimiento”, lo cual podría tener como consecuencia que la vida democrática se debilite. Ante este panorama, el filósofo francés propone la regeneración.
“La regeneración democrática supone la regeneración del civismo, la regeneración del civismo supone la regeneración de la solidaridad y de la responsabilidad, es decir, el desarrollo de la antropología” (Morín, 1999).
La pregunta que falta por responder es quién iniciará esta regeneración. Morín deja entrever, en un pie de página que la escuela podría ser el lugar ideal, sin embargo, yo no me quedaría ahí solamente. Las repercusiones de la no democratización del conocimiento es algo que actualmente estamos viviendo, más aún en nuestro país.
Las posibilidades de educación básica son pocas y malas en nuestro país, y si hablamos de la especialización de alguna disciplina, ésta posibilidad de estudio es aún mas limitada y de élite. Por lo cual, creo que la escuela es un lugar idóneo si toda la población tuviera la posibilidad de asistir a ésta. Ideal que no se vive en México.
La regeneración debería de empezar (o combinarse) con las actividades en casa. Al inicio del presente escrito hablaba de que el maestro es ejemplo no solo en clase sino fuera de ella. Ahora bien, también dije que todo ser humano es ejemplo de otro, en este entendido, es que podemos llevar a cabo cambios sustanciales en nuestra forma de vida y en aquellos que nos ven como ejemplo a seguir.
No se trata solo de concientizar a los que vienen atrás de nosotros, sino tomar decisiones sobre nuestra propia vida y actuar en torno a ellas. ¿De qué tipo de decisiones estoy hablando? De comprender al mundo, a nuestros similares, a la sociedad, de colaborar para fortalecer y evolucionar la democracia, de divulgar nuestros conocimientos y retroalimentarlos, a tener conciencia de la complejidad humana y a aceptar la forma de vida de cualquier extraño a nosotros.
Si podemos lograr que estas acciones formen parte de nuestra vida diaria, también lo será en nuestra vida profesional. Podremos ser mejores profesionistas, docentes, ciudadanos y por obvias razones académicos.
La ética en la academia
Si entramos a esta lógica de que todo lo que hacemos debe ser con honestidad, comprensión, en búsqueda de la democracia y la sinceridad partiendo desde nosotros mismos, poco nos deberíamos preocupar por no cumplir con las exigencias que nuestra vida como investigadores.
Sin embargo, la falta de ética en este rubro es sorprendentemente alta, según relata Rojas (1992) en el texto Formación de investigadores educativos, ya que pone de manifiesto que, incluso, aspirantes a ocupar un cargo de docente en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) han tenido este traspié. En algunos casos por ignorancia, y en otros, por un posible descuido y hasta de manera deliberada.
“La falta de una verdadera formación como científicos conduce a muchos individuos a apropiarse de ideas, información o aportaciones de diversos autores sin citar a éstos ni mencionar el nombre del título del libro o artículo correspondiente. Muchas personas lo hacen deliberadamente; otras desconocen la exigencia reconocida internacionalmente para elaborar un trabajo científico como lo es el de otorgar los créditos a los autores en los que nos apoyamos al realizar nuestras investigaciones. También en ocasiones se desconoce la forma de hacer las citas bibliográficas…” (Rojas, 1992)
Abordo el tema porque me parece que, necesariamente, cuando hablamos de tener una vida sustentada en la atropoetica, no se puede decir: soy atropoetico de la casa hacia adentro, o solo de lunes a viernes y de 10:00 a 19:00 horas. No. Cuando se habla de que como ser humano se piensa en tener una ética para la humanización de la humanidad, es ser fiel a nuestras creencias todos los días y en todo momento.
Ahora bien, si nos planteamos como cierto lo dictado por Morín (1999) en los Siete saberes necesarios para la educación del futuro, no deberíamos separar el tema de la ética académica, pues está inmersa en nuestro actuar diario y en nuestro modo de vida. Dicta Marín: “la antropoetica conlleva, entonces, la esperanza de lograr la humanidad como conciencia y ciudadanía planetaria”.
Si respetamos la vida de los demás, la cultura de los demás, tenemos la capacidad de captar la conciencia de la complejidad humana, creo entonces, que no se puede pensar en burlar a quienes presentamos nuestros trabajos con frases o informes hechos por alguien más, pretendiendo hacerlos pasar como nuestros. Eso es imposible. Es literalmente inconcebible.
Ahora bien, supongamos que aún estamos en el proceso de tomar conciencia como seres antropoeticos, estamos expuestos a los errores. Cierto. Pero ya no lo estamos a la ignorancia, ya no podemos pasar por alto algo que continuamente se nos ha marcado, algo que está inmerso en lo que, en teoría, deberíamos divulgar con estos siete saberes que propone Morín: la honestidad.
Una vez que hemos tomado conciencia de nosotros mismos, ya no podemos decir que no sabemos lo que hacemos o qué repercusiones tienen esas acciones, sin embargo, aquí es donde se fractura la idea, por que se presenta el reto: ¿lo haremos? ¿Seremos capaces de poder enfrentarnos a la sociedad no-atropoetica y comenzar a cambiarla? Las respuestas a estas preguntas las hará cada quien desde su espacio y entorno.
Referencias
-Morín, E. (1999). Los siete saberes necesarios para la educación del futuro. UNESCO.
- Rojas, R. (1992). Formación de Investigadores educativos. México. Plaza y Valdés.

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